Alejándose de la facilidad con que los medios disparan diagnósticos psiquiátricos sobre la tragedia de Valparaíso, los psicólogos Gabriel Abarca y Danilo Sanhueza recuerdan que una casa no es solo sus paredes. “Habitar un espacio es también crearlo en su dimensión humana, desde lo más íntimo (la habitación, las pertenencias personales) hasta lo común (el barrio, la calle). Los lugares son las personas que los viven”. Para los autores, los aspectos sociales y políticos de esta y otras tragedias se eluden cuando los medios se concentran en el registro de las experiencias traumáticas individuales, olvidando las historias comunes de exclusión que llevaron a tantos a vivir en zonas tan riesgosas.

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El incendio que hace pocos días afectó alrededor de 2.900 viviendas en Valparaíso, y dejó a más de 12.000 personas damnificadas, ha suscitado una amplia gama de reacciones en los medios de comunicación. Las pautas informativas se han visto saturadas de notas, entrevistas e imágenes de los lugares afectados y sus protagonistas directos, en un afán muchas veces morboso por mostrar “el lado humano” de la tragedia.

Como contraparte informativa de las notas “in situ”, vemos intercalarse las opiniones de los expertos en salud mental, psicólogos y psiquiatras, que nos hablan del “impacto psicológico” de la tragedia, echando mano de diagnósticos como “estrés post-traumático”, “trastornos adaptativos”, “depresión”, entre otros. Este tipo de análisis reduce el impacto subjetivo de la catástrofe a un número circuscrito de expresiones individuales, expresables a través de categorías psiquiátricas que se aplican al constatar la presencia de un número determinado de síntomas. ¿Será este el único modo de comprender los “impactos subjetivos” de una catástrofe?

Una lectura más compleja del problema debiese comenzar por interrogar qué es lo que se afecta cuando acontece una catástrofe. En lo inmediato, lo devastado es obviamente el espacio físico. Pero al tratarse de un espacio habitado por sujetos y comunidades, esto es más que el puro lugar geográfico. Habitar un espacio no implica sólo su ocupación funcional: vivir en un lugar es llenarlo de recuerdos, relaciones y prácticas, actividades que son la vida misma de los sujetos y que resultan inseparables de la superficie sobre la cual ocurren. Habitar un espacio es también crearlo en su dimensión humana, desde lo más íntimo (la habitación, las pertenencias personales) hasta lo común (el barrio, la calle). Los lugares son las personas que los viven.

La destrucción inesperada de todos esos niveles de la vida cotidiana sin lugar a dudas tiene efectos traumáticos, pero es necesario comprender que dicho impacto no se reduce a la pura conmoción psicológica de la pérdida material. En efecto, lo que se pierde en la catástrofe es mucho más que los miles de hogares siniestrados; es la devastación de los soportes concretos que dan (o daban) lugar a formas de vida singulares, construidas por años sobre la base de múltiples lazos que dieron forma tanto a la intimidad como a la cooperación comunitaria. Por tanto, las alrededor de 12.000 viviendas, ahora hechas cenizas, nos hablan de una pérdida que no se recupera simplemente con una reconstrucción habitacional ni con las puras buenas intenciones de la caridad asistencialista.

Asimismo, el incendio de Valparaíso nos revela que en este “Chile, país de catástrofes” (como algunos medios han comenzado a difundir) no todas las catástrofes operan en la subjetividad de la misma manera. Es decir, si bien podemos homogenizar los “impactos psicológicos” a través de los diagnósticos anteriormente señalados ante terremotos, tsunamis, e incendios; lo cierto es que, particularmente en tragedias como la de Valparaíso, se observa una devastación de la subjetividad en sus componentes más primordiales. Componentes que por cierto quedan velados en el mero uso de etiquetas psiquiátricas.

Por estos días se ha hecho visible un Valparaíso que está lejos de esa imagen postal del puerto Patrimonio de la Humanidad. La catástrofe dejó al descubierto una historia escrita por años de pobreza y exclusión social.  Las “tomas” y campamentos afectados por la catástrofe nos hablan de la resistencia ejercida por familias completas por pertenecer y permanecer dentro de los límites de la ciudad. Hoy, esas familias resguardan aquellos terrenos ajenos a toda planificación y regulación como bienes preciados. Bienes que no se reducen a un régimen de propiedad, sino que revelan que en dicho espacio se ha articulado una subjetividad que resiste a la exclusión. Los efectos de la catástrofe pueden verse redoblados en este sentido, si es que llegan a concretarse las voces de alarma que ya han advertido respecto de las posibles expropiaciones (o sea, privatización) de los terrenos y la puesta en marcha de planes de reconstrucción centralmente planificados, donde los mismos sujetos afectados tendrían poco y nada que decir.

Catástrofes como la de Valparaíso no sólo expresan de modo dramático la precariedad inherente a un sistema económico basado en la desigualdad económica y la desprotección social, condiciones veladas tras la ideología de la “iniciativa individual”. Exponen, al mismo tiempo, la miopía de los enfoques individualizantes desde los cuales las catástrofes son pensadas en términos de “impacto psicológico”. Es necesario que en esta discusión los aspectos políticos y socioeconómicos vinculados con la posibilidad misma de lo catastrófico no sean eludidos en nombre de la supuesta comprensión de lo que cada individuo siente o expresa. Por el contrario, hay que entender dichas “expresiones individuales” como parte de un entramado social, en donde los individuos afectados no son meros receptáculos aislados de su propio padecer, sino sujetos cuyo malestar debe ser escuchado también en su dimensión política.